Mostrando entradas con la etiqueta VENTANA AL ARTE. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta VENTANA AL ARTE. Mostrar todas las entradas

jueves, 23 de mayo de 2019

EL BUEN PASTOR, BARTOLOMÉ ESTEBAN MURILLO








El Buen Pastor, Murillo

Vamos a comentar esta obra de arte de un pintor barroco sevillano y que actualmente se encuentra en el Prado.
La creación de esta pintura se basa alrededor del año 1660. De estilo barroco y hecho al óleo, esta obra cuenta con un aire infantil y religioso. Su autor, Bartolomé Esteban Murillo,  fue el autor español más conocido y apreciado fuera de España. Sus pinturas eran mayoritariamente de carácter religioso.
El Buen Pastor
El Buen Pastor de Murillo
En el cuadro se ve a un niño, que debía de ser pastorcillo, y un cordero. Las ruinas de detrás, son un icono o símbolo cristiano que hace referencia al paganismo vencido. El niño es Jesús, que fue a buscar al cordero o oveja despistado/a. Esto lo dice San Mateo en un Evangelio: si uno tiene cien ovejas y se le pierde una, deja a las otras noventa y nueve y va a buscar a la descarriada. También hace referencia a el Evangelio de San Juan.
Ahora, voy a comparar esta obra (El Buen Pasto de Murillo) con la de “El Buen Pastor de las catacumbas de Priscila”.
El Buen Pastor de las catacumbas de Priscila
El Buen Pastor de las catacumbas de Priscila
Podemos apreciar que en la primera imagen solo hay un cordero mientras que en la segunda hay tres. En la obra de Murillo el fondo está compuesto por ruinas y en la de las catacumbas, por dos plantas altas con unos pájaros encima. También observamos que en la obra de Priscila el hombre es adulto y en el Pastor de Murillo aún es un niño pequeño. La gran diferencia de todo esto es la simplicidad del Buen Pastor de las catacumbas de Priscila y la complejidad del Buen Pastor de Murillo, al igual que uno está hecho en piedra (catacumbas), y otro en una tela o lienzo (Murillo).
Lo parecido está en que hay corderos y un hombre en las dos imágenes.

Resultado de imagen de el buen pastor para colorear cuadro

domingo, 2 de abril de 2017

Noli me tangere (1442) - Fra Angélico

Noli me tangere (1442). Convento de San Marcos. Florencia, Italia.
Fra Angélico - Giovanni da Fiesole
Témpera sobre fresco

 

NOLI ME TANGERE (NO ME TOQUES)
Cuenta Juan 20 y ss. que “el primer día de la semana María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro (…) y dijo: ‘se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”.
Las palabras de la de Magdala nos hacen ver la enorme estima y respeto que profesaba a Jesús y la incipiente autoridad de Pedro, a quien acude sin vacilar.
Estaba María fuera, junto al sepulcro (así nos lo pinta Fra Angélico), llorando. A la pena de la muerte del Maestro se une ahora la de la desaparición del cuerpo. “Mientras lloraba, se asomó al sepulcro (…) Se vuelve a Jesús de pie, pero no sabía que era Jesús. Jesús le dice: “Mujer ¿Por qué lloras? ¿a quién buscas?. Ella, tomándole por el hortelano le contesta (Fra Angélico dibuja a Jesús con una azada, para que se vea la facilidad con la que María lo confundió con el aparcero del huerto): “si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo le recogeré”.No es difícil imaginar a María, nublada por multitud de lágrimas que no le dejan ver y a quien se le ocurre la peregrina idea de preguntar al primero que pasa por allí, sin siquiera reflexionar. ¡Cuán grande sería su pena! Jesús le dice: ¡María! Esta palabra, que es llamar al otro con su nombre propio, produce en la Magdalena el reconocimiento del hombre que con tanta dulzura y majestad se ha dirigido a ella. De pronto sus ojos ven a su Maestro y ella se queda con pasmo y alegría. Se vuelve hacia a él y le dice ¡Rabboni! Hubo de ser un grito sorprendente y su amor le hizo intentar acercarse a Jesús. Pero éste modera su audacia: “No me retengas (noli me tangere, en latín, traducido literalmente, “no me toques”) que todavía no he subido al Padre. Pero, anda, ve a mis hermanos y diles: subo al Padre mío y Padre vuestro, y al Dios mío y a al Dios vuestro”. La narración no lo dice pero muy probablemente el Maestro desapareció de su vista, porque el inconmensurable amor de María hubiese querido retenerle. Ella fue y lo contó a los discípulos.
Entre los judíos el testimonio de una mujer no contaba para nada ante ninguna instancia. Jesús inaugura una nueva etapa en la que quiere dar a una testigo la relevancia que se merece, apareciéndose en primer lugar a ella antes que a sus discípulos varones y haciendo válido su testimonio de la resurrección. Sólo con esto, el Maestro ya comienza a cambiar las cosas, dotando a la mujer de su más plena dignidad.

EL DESCENDIMIENTO - Rogier van der Weyden


El descendimiento (1399). Museo del Prado. Madrid, España.
Rogier van der Weyden
Tabla al óleo
  • EL DESCENDIMIENTO
    El cuadro quiere exponer uno de los capítulos más tristes de la pasión de Jesús. El descendimiento de su cuerpo inerte. Roger Van der Weyden lo hace de una manera delicada y hermosa. Hay un múltiple paralelismo: entre el hijo muerto y sus extremidades superiores yertas en brazos de su discípulo clandestino Nicodemo, y la madre desmayada también con sus brazos colgados, y ambos con un blanco pálido casi cadavérico, como queriendo hacer ver el dolor máximo de la madre, tan próximo a la mismísima muerte. A nuestra derecha, María de Magdala, que cierra el cuadro, se contrae de dolor. Al otro extremo está Juan con vestiduras rojas, abrasado por la pena, que inclinado sostiene con ternura a la madre. Tras ella, María de Cleofás, pariente de María de Nazaret. Al otro lado, José de Arimatea, vestido con preciosos ropajes dorados, discípulo secreto de Jesús que en el mal momento dará la cara pidiendo

EL BUEN LADRÓN - TIZIANO



 EL BUEN LADRÓN
El buen ladrón (1566). Pinacoteca nacional. Bolonia, Italia.
Óleo sobre lienzo
Tiziano
(Mateo 27, 38): “Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda”. (Lucas 23, 39): “Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: ‘¿no eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros’ pero el otro respondiéndole e increpándole le decía: ‘¿Ni siquiera temes a Dios estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, estamos justamente porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio éste no ha hecho nada malo”. Es sorprendente que éste –llamado por la tradición “buen ladrón”– se diese cuenta de la inocencia de Jesús, hasta el punto de manifestarlo públicamente en el mismo patíbulo. Enseguida notó que aquél condenado no era normal. Seguramente fue adelantado el momento de su propia condena, aprovechando la ejecución de Jesús. Eso haría que en principio no pudiese ver con buena cara al causante de las prisas en su crucifixión. Pero ¿qué vería este hombre en Jesús?Miraría su vestidura de túnica inconsútil, bellísima, pero llena de sangre y sudor. Lo observaría cargado con el madero y previamente flagelado. Coronado de espinas. Con moratones de golpes en el rostro. Fijaría sus ojos en aquella faz de mansedumbre y hasta sus oídos llegaron retazos de su oración. Vio cómo miraba con infinito amor a unas mujeres que a la vera del camino lloraban por él y cómo tenía la fuerza moral de consolarlas. Contempló su estado tremendo de sufrimiento, pues hubo que pedir ayuda a un viandante –Simón de Cirene– para ayudar a llevar a Jesús el leño hasta el lugar de la ejecución. Se maravilló ante la actitud dolorosa pero a la vez serena de la madre de aquel hombre. Escuchó cómo perdonaba a sus propios verdugos. Y sobre todo, se cruzarían miradas, que el malhechor no podría rehuir. ¿Qué tendrían esos ojos, penetrantes, plenos de amor, llenos de delicadeza y paz? Sabía que era increpado por algunos príncipes y algunos escribas. Conocía que el motivo de su muerte era la “libertad de expresión”, de decir lo que estimaba conveniente –lo que algunos llamaron blasfemia–, mientras que él mismo sí era culpable de daño a terceros.
En la Iglesia de Oriente, tanto la ortodoxa como la católica, se venera a ese buen ladrón. Una arcana tradición lo llama Dimas y se le considera un buen intercesor ante Dios. Es claro que Dimas llevó durante el penoso viaje hacia la muerte un proceso de conversión. Algo tenía aquel hombre; él, en cambio, era un auténtico delincuente. Su corazón se llenaría de congoja, al ver la humildad y la infinita paciencia de Jesús de Nazaret. Al final concluyó que aquél era mucho más que una persona singular. Terminó haciendo un acto de contrición ante Dios. Una vez en el patíbulo –todo un ejemplo de muerte aceptada, aunque fuera horrible y desgarradora– se dirigió a Jesús, probablemente entre lágrimas de arrepentimiento: “‘Jesús acuérdate de mí cuando llegues a tu reino’. Jesús le dijo: ‘en verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso”.
Un apunte curioso. Los artistas, para realzar el sufrimiento de Jesús, mientras a éste lo pintan crucificado con clavos al madero, a los otros ejecutados los dibujan cosidos a la cruz con cuerdas. Pero ello es la mera buena intención del autor, pues tiene más sentido que los tres fuesen crucificados de la misma manera, con clavos.

Cristo crucificado - Velázquez

Cristo crucificado

Autor: Velázquez
Fecha: 1632
Museo: Museo del Prado
Características: 248 x 169 cm.
Estilo: 
Material: Oleo sobre lienzo



Comentario
Una de las obras más famosas de Velázquez, fechada en torno a 1632, no sólo por su valor estético sino por las leyendas que le acompañan. La obra pertenecía al convento de las Monjas Benedictinas de San Plácido de Madrid. Se cuenta que fue donado por Felipe IV como arrepentimiento al haberse enamorado de una monja que allí profesaba. También se dice que la donación vino a través de D. Jerónimo de Villanueva, Protonotario Mayor de Aragón, por un escabroso asunto demoníaco que se había producido en dicho convento, teniendo que tomar la Inquisición cartas en el asunto. Sin duda estamos ante una maravillosa obra con una elegante figura de Cristo, con el cuerpo y los miembros suavemente modelados, recibiendo una luz clara procedente de la izquierda, recortándose la figura sobre un fondo neutro. La cabeza caída y el excelente mechón de cabello que oculta parte del rostro son los elementos más originales de la pintura. Existe una leyenda, seguramente falsa, según la cual al impacientarse el artista porque no le gustaba como estaba quedando el rostro, en un ataque de furia tiró los pinceles al lienzo, obteniendo una mancha que dio origen a la melena que cubre el rostro. Velázquez ha conseguido obtener perfectamente una imagen de la doble naturaleza, divina y humana, de Cristo.
 http://www.rtve.es/alacarta/videos/mirar-un-cuadro/mirar-cuadro-cristo-crucificado-velazquez/1884809/

miércoles, 22 de marzo de 2017

SÍSIFO - TIZIANO


Sísifo era rey de Éfira (antiguo nombre de Corinto) y por revelar que Zeus había secuestrado a Egina, el dios griego le castigó en el Hades a hacer rodar con su cabeza y empujando una gran roca cuesta arriba, que continuamente se precipitaba hacia abajo.
Es un tema frecuentemente representado como metáfora del esfuerzo inútil del ser humano. El pintor Franz von Stuck tiene una obra homónima de 1920.


Curación del ciego - Duccio Buoninsegna






Curación del ciego de nacimiento. 1310. Duccio di Buoninsegna
Temple y oro sobre tabla. Medidas: 43,5cm x 45cm.
National Gallery. Londres

Para el cuarto domingo de Cuaresma, que nos presenta el signo del ciego de nacimiento, volvemos a escoger otra tabla de la predela de la Maestá, encargada por el Duomo de Siena al artista del Trecento italiano Duccio di Buoninsegna, perteneciente actualmente a la National Gallery de Londres.

La escena se centra en el encuentro de Cristo con el ciego, al que pone el barro en sus ojos. A la derecha, el ciego se vuelve a la piscina de Siloé para lavarse, tras lo cual recupera la vista. Por su parte, un grupo de discípulos contempla la escena desde la izquierda

San Ambrosio de Milán, en su Epístola 80, comenta que la carne de nuestro barro recibe la luz de la vida eterna mediante el sacramento del bautismo. Efectivamente, este signo tiene una relación muy estrecha con el sacramento del bautismo, tanto por lo que supone la iluminación del alma creyente, como a causa del proceso que lleva a la fe y, en consecuencia, al bautismo. Estas son las palabras de san Ambrosio:


Has escuchado, hermano, la lectura del evangelio, en la que se narra que, al pasar el Señor Jesús, vio a un ciego de nacimiento. Ahora bien, si el Señor lo vio, no pasó de largo: por consiguiente tampoco nosotros debemos pasar de largo junto al ciego que el Señor juzgó no deber evitar, máxime tratándose de un ciego de nacimiento, detalle éste que no en vano el evangelista subrayó.

Porque existe una ceguera que reduce la capacidad visual y es ordinariamente provocada por una enfermedad; y existe una ceguera causada por una exudación humoral y que, a veces, suprimida la causa, es también curada por la ciencia médica. Digo esto para que te des cuenta de que, la curación de este ciego de nacimiento, no es fruto de la habilidad médica, sino del poder divino. En efecto, el Señor le hizo don de la salud, no ejerció la medicina, ya que el Señor Jesús sanó a los que ningún otro consiguió curar. Corresponde efectivamente al creador rectificar las deficiencias de la naturaleza, puesto que él es autor de la misma. Por eso añadió: Mientras estoy en e mundo, soy la luz del mundo. Que es como si dijera: todos los ciegos podrán recuperar la vista, con tal de que me busquen a mí que soy la luz. Contempladlo también vosotros y quedaréis radiantes, de modo que podáis ver.

A continuación, una pregunta: ¿Qué sentido tiene que quien devolvía la vida con imperio y proporcionaba la salud mediante una orden, diciendo al muerto: Ven afuera, y Lázaro salió del sepulcro; diciendo al paralítico: Levántate, coge tu camilla, y el paralítico se levantó y comenzó a transportar su propia camilla, en la que era llevado cuando tenía dislocados todos sus miembros? ¿qué sentido tiene, vuelvo a preguntar, el que escupiera e hiciera barro, y se lo untara en los ojos al ciego, y le dijera: Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado); y fue, se lavó, y volvió con vista? ¿Cuál es la razón de todo esto? Una muy importante, si no me engaño: pues ve más aquel a quien Jesús toca.

Considera al mismo tiempo su divinidad y su fuerza santificadora. Como luz, tocó y la infundió; como sacerdote y prefigurando el bautismo, llevó a cabo los misterios de la gracia espiritual. Escupió, para que advirtieras que el interior de Cristo es luz. Y ve realmente, quien es purificado por lo que procede del interior de Cristo. Lava su saliva, lava su palabra, como está escrito: Vosotros estáis limpios por las palabras que os he hablado.

El que hiciera barro y se lo untara en los ojos al ciego, ¿qué otra cosa significa, sino que debes caer en la cuenta de que es uno mismo el que devolvió al hombre la salud untándole con barro, y el que de barro modeló al hombre? ¿y que la carne de nuestro barro recibe la luz de la vida eterna, mediante el sacramento del bautismo? Vete también tú a Siloé, esto es, al enviado del Padre, según aquello: Mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado. Que te lave Cristo, para que veas. Acude al bautismo: es el momento oportuno. Acude presuroso, para que puedas decir: Fui, me lavé y empecé a ver; para que también tú puedas repetir: Era ciego y ahora veo; para que tú puedas decir como dijo aquel inundado de luz: La noche está avanzada, el día se echa encima.

Jesús y la samaritana en el pozo - Giovanni Francesco Barbieri - Museo Thyssen





 El encuentro entre Jesús y la samaritana aparece recogido sólo en el Evangelio de san Juan. Jesús, de camino a Galilea, llegó a la ciudad de Samaria, Sicar, y mientras los discípulos se acercaron a la urbe para comprar provisiones, Él se sentó a descansar junto a una fuente. Al pozo se acercó una mujer para sacar agua a la que Jesús pidió de beber. Ésta, ante este hecho sorprendente, le preguntó cómo un judío le pedía agua, cuando samaritanos y hebreos no se trataban. La mujer, que había tenido cinco maridos y vivía con un hombre, como registran las palabras de Cristo en el pasaje, inició un diálogo con el Salvador que asombró a los discípulos cuando éstos regresaron de la ciudad, ya que no era costumbre entablar conversación con mujeres desconocidas. Este episodio, al pie de un pozo, donde se habla del agua del bautismo, ha simbolizado, entre otros aspectos, la conversión de los gentiles por la palabra.
El tema de Cristo y la samaritana aparece mencionado en tres ocasiones en el Libro dei conti del Guercino, registro de pinturas y encargos con sus pagos correspondientes que llevó hasta su muerte, en 1649, el hermano del pintor, Paolo Antonio, y que algún miembro del taller continuó tras su fallecimiento. La identificación de la obra del Museo Thyssen-Bornemisza en este documento fue sugerida por Carlo Volpe en una carta y recogida por primera vez por Gertrude Borghero en los catálogos de la Colección. Esta pintura se ha identificado con la descrita en el asiento 216 del libro de cuentas, que fue pintada para Giuseppe Baroni de Lucca y por la que pagó cien ducados. Este cliente pagó la obra fraccionadamente, abonando el 22 de marzo de 1640 treinta ducados y el 14 de noviembre del mismo año setenta. En ambos momentos se utilizó al mismo intermediario, Lorenzo Paoli. La pintura que figura en este libro de cuentas con el número de asiento 254, por la que se abonó también cien ducados y que perteneció al abad Bentivoglio, es la versión que de este mismo tema se conserva en Ottawa, en la National Gallery of Canada y cuyo pago se efectuó el 29 de mayo de 1641. La tercera obra con el tema de la samaritana registrada en este libro de cuentas fue realizada para Girolamo Panesi, y se ha identificado con el óleo de la colección del Banco di San Geminiano e San Prospero en Modena.
La tela del Guercino recoge un momento del diálogo entre Cristo y la samaritana. Las figuras, de medio cuerpo y en primer término, se agrupan en torno al brocal del pozo donde ha acudido con su cántaro la samaritana. El encuentro, que tiene lugar a las afueras de la ciudad, se envuelve en un sereno paisaje donde el celaje adquiere, con sus nubes deshilachadas horizontalmente, un protagonismo notable. El óleo pone de manifiesto la maestría del Guercino en el dominio del lenguaje de los gestos y de las expresiones, como la mirada que irradia la mujer hacia el desconocido que le habla y la postura de Cristo, especialmente expresiva al buscarse su perfil, y acentuar su presencia con el movimiento y el ademán de su mano derecha. En la composición, equilibrada y con notas clasicistas, no se descuida el tratamiento de elementos secundarios como el cántaro, la cuerda, el gancho o las piedras del brocal del pozo, donde se busca la calidad. Tampoco se olvida la textura, en los paños que cubren a las figuras y que se tratan de forma realista.
Los personajes, concebidos con fuertes dosis de idealización, corresponden a tipos que, como en el caso de la samaritana, fueron empleados por el pintor en otras composiciones. Entre los ejemplos más llamativos donde repitió este modelo se encuentra la Virgen de la pintura de la iglesia de San Martino en Senigallia.
La pintura entró en la colección Thyssen-Bornemisza en 1976, procedente de la colección del marqués Paolo dal Pozzo en Milán.

jueves, 2 de marzo de 2017

10 DETALLES SOBRE EL CRISTO CRUCIFICADO DE VELÁZQUEZ

Resulta siempre sorprendente y enriquecedor encontrarse con obras artísticas que forman parte del patrimonio cultural y espiritual de la Iglesia. Sabemos que el Espíritu Santo ha llenado de gracias la vida de todos los cristianos de la historia. Muchas veces esos dones han quedado patentes por medio de las obras de arte. Los misterios de nuestra fe y la sensibilidad personal de tantos creyentes han permitido mostrar de manera acentuada diversos ángulos del misterio de Dios. Tal es el caso del famoso cuadro conocido como el Cristo de Velázquez. Aunque el pintor haya hecho solo seis obras de temática religiosa, es sorprendente la profundidad y la piedad que alcanza en esta obra. Dejémonos cautivar por esta representación y permitamos que nos toque el corazón para vivir la Cuaresma que recién empezamos. Tal vez un breve análisis de sus características principales basten para eso, pero será mejor aún si para ello nos servimos de algunos versos de aquel famoso poema de Miguel de Unamuno titulado: «Sobre el Cristo de 
Velázquez».


























Se sabe que el cuadro fue pintado en 1632 por el sevillano Diego Velásquez. Hoy se encuentra en el Museo del Prado. Quien lo ve queda inmediatamente cautivado por la intensidad de la imagen. Influenciado por el tenebrismo de Caravaggio, Velásquez se concentra en resaltar la luminosidad del cuerpo de Cristo en fuerte contraste con el fondo oscuro. La luminosidad de la entrega y del amor hasta el extremo aparece triunfante sobre la oscuridad de la muerte. Encandilado por la luminosidad dice Unamuno en su poema: «Blanco tu cuerpo está como el espejo del padre de la luz». Por Cristo, incluso muerto y crucificado, accedemos al rostro del Padre, el rostro de la misericordia infinita.

Cristo aparece ya muerto, pues tiene la herida de la lanza que fue clavada en su costado. El cuerpo se muestra absolutamente rendido. Los ojos están cerrados como dando su perdón. Unamuno se atrevió a decirle al Señor: «Miras dentro de Ti, donde está el reino de Dios; dentro de Ti, donde alborea el sol eterno de las almas vivas». Sus ojos cerrados y su silencio pueden convertirse en una invitación a trascender nuestra mirada superficial y contemplar el misterio de su corazón. Un corazón que tiene sed de almas y que es representado solitario, incluso sin las personas que lo acompañaron en ese momento.Resulta difícil ver su soledad y no sentirse movido a acompañarlo.
La cabeza está tendida hacia adelante como descolgada, pero en ese gesto de incapacidad se esconde la posibilidad de una mayor cercanía con el creyente, es decir, la condescendencia y el abajamiento por amor se representa incluso físicamente. El misterio de la encarnación del Verbo es llevado hasta sus últimas consecuencias y se hace patente la radicalidad de ese misterio. Con mucha agudeza sobre ese punto afirma Unamuno que en la cruz «vela el Hombre que dió toda su sangre por que las gentes sepan que son hombres». El poeta fue capaz de gozar esa certeza que más adelante predicó Juan Pablo II cuando afirmaba que vale la pena ser hombre porque Dios se había hecho hombre.
Finalmente resulta provechoso meditar en torno a la lumbre que rodea la cabeza del crucificado. En una luz que remite a la transfiguración se revela el misterio de la esperanza humana. La vida definitiva está incubada en el gesto más grande de amor. Conmovido por esto, Unamuno dijo, seguramente emocionado: «Los rayos, Maestro, de tu suave lumbre nos guían en la noche de este mundo ungiéndonos con la esperanza recia de un día eterno».
Que en esta cuaresma que comienza podamos vivir lo esencial de la vida y de nuestra fe. Que podamos convertirnos, es decir, volver nuestras vidas hacia Jesús pasando de la muerte a la vida por medio del amor y que podamos decirle desde lo más profundo con el poeta: «Mis ojos fijos en tus ojos, Cristo, mi mirada anegada en Ti, Señor!».





Arte y Religión: El Cristo Crucificado de Velázquez

lunes, 6 de junio de 2016

EL ROSTRO DE JESÚS EN EL ARTE

EL ROSTRO DE JESÚS EN EL ARTE José Ramón Ruiz de Castañeda 3ºA

JESÚS EN EL ARTE

Jesús en el arte


No se conservan imágenes de Jesús de los primeros siglos. Ello puede ser debido, entre otras razones, a que, por una parte, los cristianos que provenían del judaísmo estaban imbuidos del espíritu del Antiguo Testamento de no fabricar dioses; y por otra, los cristianos que provenían del paganismo querían evitar la confusión entre Cristo y los dioses paganos. Sea como fuere, hasta el siglo III no aparecen las primeras imágenes de Jesús, lo cual vengo a tratar en este trabajo:
La Imagen de Cristo como “Pantocrátor
Jesús en el arte
La palabra “Pantocrator” significa en griego “Todopoderoso”. La representación de Jesucristo como “Pantocrator” trata de resumir en una sola figura al Salvador y al Creador. Cristo como origen, fin y juez supremo de la historia y del mundo. Es típica en las bóvedas y en las cúpulas de las iglesias en forma de grandes frescos o de enormes mosaicos.
Cristo en la cruz en majestad
Es una forma típica de representar a Cristo en los siglos XII y XIII. No se pretende realismo en la expresión de la figura de Cristo. Su cuerpo y situación se reduce a los rasgos fundamentales:
  • Se le representa vestido con una túnica
  • La corona de espinas no aparece
  • Se deja claro que el sufrimiento de Jesús es un sufrimiento redentor y que está por encima del sufrimiento del hombre corriente.
  • Se deja claro también que el cuerpo de Cristo no ha conocido la corrupción del sepulcro ni tiene, ahora, una vez resucitado, los rasgos del dolor y de la muerte.
La Imagen de Cristo al final de la Edad Media
En el siglo XIII el pensamiento occidental experimenta un profundo cambio de orientación. La espiritualidad de san Francisco atraviesa toda esta época, ayudando al hombre a situarse en la naturaleza y haciendo de ella el lugar donde el hombre podía realizarse como persona y como hijo de Dios.
San Francisco vivió entre 1181 a 1226, pero su influencia duró mucho tiempo. Fue él quien en 1223 inventó el “nacimiento”, representando con personas el portal de Belén, que luego se convertirá en una costumbre familiar.
La mentalidad de la gente va cambiando. El pueblo, que anteriormente necesitó ver en Cristo al Dios supremo, inaccesible en su infinita majestad, ahora lo ve como el dulce maestro que inspira la paz.
El Cristo románico, crucificado pero vestido con preciosa túnica, coronado como rey, y reflejando en su rostro la paz y la serenidad de un triunfo eterno, deja paso a los crucificados que mueven a compasión a quienes lo contemplan.
La Imagen de Jesús en el renacimiento
La imagen de Jesucristo sufre el impacto propio del humanismo del Renacimiento. La Roma entera se levanta de sus cenizas y se transforma en la capital de la cultura occidental, intentando una nueva y curiosa simbiosis espiritual entre el antiguo paganismo grecorromano y el cristianismo. La belleza parece querer encubrir la tragedia de la vida. El hombre, que pasa a ocupar el centro de la historia, parece un Dios, más por la inspiración del arte que por la gracia del Espíritu Santo.
La fe cristiana tiene un nuevo desafío: hacer de ese hombre endiosado un hijo de Dios. Cristo parece más el ideal de belleza masculina, el hombre dotado por los dioses de todos los atributos viriles, que el Hijo de Dios ungido con la plenitud del Espíritu Santo. Basta recordar el “Juicio Final” de Miguel Ángel (en la foto), características de esta época.
La Imagen de Jesús en el Barroco
La reacción contra la forma de representar a Cristo en el Renacimiento no se dejó esperar. La Reforma protestante, convencida de la corrupción radical de la naturaleza, vació sus iglesias de la presencia demasiada humana de Cristo. La Contrarreforma católica, especialmente en España, potenció la presencia de la religión en las calles mediante procesiones y representaciones teatrales, procurando la síntesis entre humanismo y fe. Tal vez la obra de El Greco sea uno de los mejores exponentes de este esfuerzo espiritualizador. El Cristo de “El Expolio” (foto de la izquierda) destaca una presencia humana contundente y llena de dignidad en un mundo hostil, deshumanizado y deshumanizador. El rostro de Cristo, en sus ojos, vemos el alma en medio de desalmados: la luz indica la presencia del Espíritu; la mirada es la del hombre elevándose hacia Dios.
Realmente el verbo de Dios se hace hombre y todos los detalles de su vida interesan a los cristianos. De esta forma, el cuerpo de Cristo, tratado siempre con una respetuosa perfección, puede ser prácticamente intercambiable entre el crucificado y el resucitado.
Otros cuadros del Barroco:
Jesús en el arte
El Rostro de Cristo en los siglos XVIII y XIX
El arte y la religión se van distanciando durante los siglos de la ilustración y de la revolución industrial. La filosofía cartesiana y las ciencias experimentales abren un abismo entre el mundo físico y el universo espiritual. Los artistas trabajan más para la corte que para la Iglesia.
La piedad popular se alimenta de una espiritualidad decadente y enfermiza, incapaz de dialogar con un mundo en que el hombre quiere imponer su ley al margen de la fe. Surge así una imagen de Cristo dulzona y apocada que ha llenado nuestros altares durante mucho tiempo y cuya representación más característica es el Sagrado Corazón. Es el tiempo de las estampas con unas figuras de Jesús de mirada sensiblera y gesto acaramelado.
Sin embargo, a pesar del distanciamiento que se produce entre el artista y la Iglesia, sin varios los pintores que, aunque sea ocasionalmente, realizan obras de tipo religioso. Tal es el caso de Goya, Gauguin y Van Gogh.
GAUGIN, Cristo Amarillo. Podemos apreciar un Cristo lleno de Paz.
La imagen de Jesús en el Siglo XX
El distanciamiento que existió entre los artistas y la religión durante el siglo XIX parece haberse acortado durante el siglo XX, al menos en lo referente a la pintura. Son muchos los pintores que, aunque no hayan tratado habitualmente temas religiosos, sí han realizado obras marcadamente religiosas. Grandes artistas, incluso de otras religiones o no creyentes, se han inspirado en la fe cristiana para crear algunas de sus mejores obras.
La imagen de Jesús que ofrecen estos artistas es variada y, a veces, contradictoria, dependiendo del punto de vista o de la ideología del artista. Así, hay artistas que reflejan en su pintura la serenidad que el mundo necesita; otros lo presentan como el Hijo de Dios que se hace hombre para salvarnos de la angustia cotidiana que, para muchos, es la vida; para otros, Jesús es la víctima de las víctimas: víctima de la angustia atómica, del desastre ecológico, de la opresión social; es el hombre desfigurado, irreconocible como hombre, despojado de toda dignidad por un sistema injusto.
Otras imágenes del S.XX
Jesús en el arte